Tercer delirio de grandeza: el bullying.

En
mi caso, la entrada más difícil de hacer.

Probablemente, el más complejo de todos. No solo por la situación en sí, sino por todo lo que ocurre a nivel interno. En este caso, hablar de “delirio” implica distinguir dos formas distintas de entenderlo, siempre desde un sentido metafórico.

Por un lado, aparece un primer “delirio” en la víctima: la necesidad de imaginar una realidad diferente a la que está viviendo, casi como un mundo idílico que se aleja de lo que está sufriendo. No se trata de negar lo que ocurre, sino de generar un espacio mental en el que refugiarse, un lugar donde poder sentirse seguro, valorado o simplemente fuera del alcance del daño.

Este tipo de construcción no es negativa en sí misma. De hecho, puede funcionar como una estrategia de protección emocional. Imaginar que las cosas pueden ser distintas, o que uno mismo puede llegar a ser algo más, permite sostener situaciones que, de otro modo, resultarían difíciles de soportar.

Sin embargo, existe otra forma de “delirio” que aparece en el lado opuesto: el del acosador. En este caso, el “delirio de grandeza” se acerca más a la idea original del término, ya que implica una percepción exagerada de poder, superioridad o control sobre los demás.

El acosador no solo ejerce daño, sino que construye una imagen de sí mismo en la que se sitúa por encima del otro, legitimando su comportamiento. Esta falsa sensación de grandeza no surge de la nada, sino que también responde a inseguridades, necesidades de reconocimiento o dinámicas sociales que refuerzan ese rol.

De esta manera, en una misma situación conviven dos formas de “delirio”: una que protege y otra que domina. Dos respuestas distintas a un mismo contexto que, en lugar de educar, está fallando.

A partir de aquí, es necesario entender qué es realmente el bullying y por qué tiene un impacto tan profundo en quienes lo sufren.

El bullying, o acoso escolar, es una forma de violencia que se da entre iguales y que se mantiene en el tiempo. No es una broma puntual ni un conflicto aislado, sino una situación repetida en la que una persona (o grupo) ejerce poder sobre otra. Puede manifestarse de muchas formas: insultos, burlas, exclusión social, agresiones físicas o incluso a través de redes sociales.

Lo que lo hace especialmente dañino no es solo lo que ocurre, sino su continuidad. El hecho de no saber cuándo va a pasar, de no poder evitarlo y de sentir que no hay un espacio seguro.

Las consecuencias en los niños y adolescentes son profundas. A nivel emocional, puede generar inseguridad, ansiedad o una baja autoestima que afecta a cómo se perciben a sí mismos. A nivel social, muchas veces aparece el aislamiento o la dificultad para relacionarse con otros. Incluso puede afectar al rendimiento académico, no por falta de capacidad, sino por el impacto emocional constante.

El bullying no solo afecta al presente, sino que puede dejar huella en la forma en la que una persona se construye a lo largo del tiempo.

Un caso muy conocido es el de Amanda Todd, una adolescente que sufrió acoso continuado, tanto dentro como fuera del entorno escolar. A través de un vídeo, contó su experiencia y el impacto que estaba teniendo en su vida. Su historia terminó de la peor manera posible, pero también sirvió para visibilizar hasta qué punto el acoso puede afectar a una persona.

Casos como este hacen evidente que el bullying no es algo menor. No es “cosa de niños” ni una etapa que simplemente se supera. Es una experiencia que puede marcar profundamente.

Más allá de los casos conocidos, también están las experiencias que no se ven. Las que no salen en noticias, pero que forman parte de la vida de muchas personas. En esos casos, lo que ocurre por dentro es igual de importante que lo que se ve desde fuera.

Aquí es donde vuelven a aparecer esos “delirios de grandeza”.

A veces, imaginar otra realidad es la única forma de desconectar, aunque sea por un momento. Otras veces, construirse como alguien más fuerte es una manera de no romperse del todo. Son formas de resistir cuando el entorno no está protegiendo.

Desde una perspectiva educativa, esto plantea una reflexión clara. El bullying no puede entenderse solo como un problema de comportamiento, sino como un problema de contexto. No se trata únicamente de intervenir cuando ocurre, sino de prevenirlo y de crear espacios en los que nadie tenga que defenderse constantemente para sentirse seguro.

Educar también implica esto: generar entornos donde las personas puedan desarrollarse sin miedo, donde no sea necesario imaginar otras versiones de uno mismo para poder estar bien.

Porque, al final, cuando alguien necesita hacerse grande por dentro para no sentirse pequeño por fuera, lo que está fallando no es esa persona, sino el lugar en el que está creciendo.

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